Correr Con Cardiopatía Congénita
Editorial El proceso de cargar con una cardiopatía congénita habiendo nacido en Argentina hace que uno atraviese demasiados estados emocionales a la hora de sobrevivirla. Tengo la suerte de tener 45 años cuando estoy escribiendo esto y estar más...


Correr Con Cardiopatía Congénita
Editorial
El proceso de cargar con una cardiopatía congénita habiendo nacido en Argentina hace que uno atraviese demasiados estados emocionales a la hora de sobrevivirla.
Tengo la suerte de tener 45 años cuando estoy escribiendo esto y estar más saludable que nunca debido a un extenso cuidado a nivel ejercicio y dieta, pero no siempre fue así y es algo que me gustaría contar; no solamente para que los que sufren lo que sufrí yo se sientan identificados, sino para que los que están sanos, den gracias a quien consideren su ser superior de no tener que armar su vida en base a su corazón
Este texto tiene muchos términos que son médicos que los he aprendido porque me los repitieron, no por haber estudiado medicina, ni nada similar.
El origen
Soy nacido en Buenos Aires, Argentina el 29 de Marzo de 1974 de padres trabajadores, docentes ambos de matemática y algunas cosas más que se cruzaron en el camino. Segundo matrimonio de mi padre ya que en el primero, desafortunadamente enviudó; dejando a mi hermana Gabi como legado quién con el pasar de los años, ha sido una compinche inigualable.
Luego de nacido, mi madre primeriza, advierte que yo tenía alguna que otra dificultad cuando respiraba, a los 5 días de nacido, me llevaron al médico y al 6to día, descubren que tengo una cardiopatía congénita llamada Atresia Tricuspídea: que básicamente consiste en que falta un ventrículo.
El corazón naturalmente tiene dos aurículas y dos ventrículos, sin ponerme el sombrero de cardiólogo, entendamos que los cuatro compartimentos son esenciales para el bombeo de sangre por todo el cuerpo y el traslado de oxígeno por el mismo.
La falta de un ventrículo — y de nuevo, sin ponerme médico ya que no sé de medicina — desmejora sistemáticamente la calidad de vida y si no es tratado, la esperanza de vida, es poca.
A los 45 días de nacido, me hicieron la primer incisión y a los 5 años me hicieron la segunda, en la cabeza, sacándome un quiste que se produjo como consecuencia del mal funcionamiento del cuerpo.
Mis síntomas no eran buenos, mis manos se ponían violetas con un poco de frío, mi cuerpo no estaba preparado para la actividad física y también había (sigue habiendo) mucho desconocimiento sobre qué puede pasar.
Finalmente a mis 6 años, se me realiza una intervención novedosa llamada Fontan/Kreutzer quienes son los “inventores” de la técnica. La operación la llevó a cabo el mismo Dr. Kreutzer y terminó siendo un éxito.
En Argentina no se habían hecho muchas operaciones (honestamente no tengo la información si efectivamente se había hecho alguna previamente) con lo cual, el post-operatorio en el corto, mediano y largo plazo, tendría sus sorpresas.
La operación me condenaba a medicación de por vida que permitía regular los cambios hechos a mi cuerpo, algunos visibles, como una inmensa cicatriz en mi pecho y otros cambios no visibles, netamente psicológicos.
Agradezco que la operación haya sido de tan pequeño ya que no recuerdo mi vida de otra forma. Hubiera sido terriblemente complicado que esto sucediera ya de más grande cuando uno tiene gustos desarrollados, vicios y actividades sociales que pueden estar en contra del tratamiento post operatorio.
Las primeras indicaciones fueron comer sin sodio y consumir un diurético para liberar de líquido al hígado, quien había aumentado su trabajo como consecuencia de la operación.
Esto fue en los principios de los 80’s, donde el consumo de sodio, no era tenido en cuenta como parámetro de salud. Las opciones que había eran muy pocas y como si fuera poco, estabas condenado a comer siempre lo mismo, casero y limitado en las cosas compradas.
Mi madre tuvo gran carga con mi alimentación ya que tener contento a un chico a base de ensalada, no es simple. Mi cuerpo cuando era más pequeño, lo sintió, ya que con una estatura de 1.76m pesaba 55 kilos y no porque tuviera un trastorno en la alimentación, sino que mi dieta no incluía nada que engordaba.
Los controles post operatorios eran constantes, tediosos e invasivos. De hecho, no sé por qué lo menciono en tiempo pasado, ya que hoy en día siguen siendo así. La tecnología ha evolucionado de manera maravillosa y el tiempo juega a mi favor, inclusive cosas simples como un electrocardiograma ha evolucionado dramáticamente: hoy en día lo puedo obtener con mi reloj, cuando antes necesitaba estar conectado a una máquina de tamaño excesivo y ruidosa.
Cómo se vive de niño
Los chicos de por sí son crueles, si tenés una cardiopatía y te hace distinto al resto, te hace blanco de cargadas, bullying y de cualquier tipo de agresión. Yo creo, que he desarrollado una personalidad fuerte, para no ser débil ante las posibilidades que brindaba yo para ser atacado, pero ser el distinto en toda circunstancia, es difícil y muchas veces cruel.
Tuve suerte con mis amistades, que me cuidaron por sobre todas las cosas, con las comidas, con las actividades y controlándome cuando por ahí yo quería cruzar una línea entre lo saludable y lo no saludable.
El entorno es fundamental, si uno está mal acompañado, cargar con la cardiopatía no es simple. Es innegable que uno al principio la intenta ocultar, de hecho lo hice durante muchos años, hasta que aprendí que así soy, que es mi cruz, que la llevo en mi espalda y por más que la oculte al exterior la sigo arrastrando.
Una de las recomendaciones fue que no realice actividades físicas que me generen cansancio ya que podía ser contraproducente. Yo a mis 10 años, corría mil kilómetros y no me cansaba, o por lo menos no entendía cuando tenía que frenar o podía seguir. Por muchos motivos, pude hacer vida normal, principalmente porque mis padres me criaron como una persona normal, y por sobre todas las cosas, porque nunca me sentí mal, siempre podía jugar al fútbol o hacer actividades a la par del resto de los chicos con los cuales compartía tiempo.
Creo que ante la situación de tener semejante cardiopatía, tuve suerte en general, suerte por mis padres que me hicieron fuerte mentalmente, mis amigos y los padres de mis amigos por cuidarme y porque — la verdad — es que tuve repercusiones, pero admito que podrían haber sido más y también más complejas.
Uno de pibe tampoco entiende demasiado qué le sucede al cuerpo y yo tampoco tenía ganas de entender o de conocer qué pasaba, porque cuanto más sabés, más te preocupás. Es hoy en día, que teniendo Google a disposición y acceso a infinitos papers en donde podría leer de casos, prefiero mantener la ignorancia, escuchar y entender a mi cuerpo y actuar acorde.
Ya más de grande
Acá es donde aparecen los problemas, porque uno empieza a trabajar y a tener otra vida social que lleva a excesos. Los excesos pueden ser menores, como por ejemplo, una cerveza después del trabajo o puede ser directamente una comilona en donde no se discrimina lo que se come.
Al mismo tiempo, uno sigue siendo joven y el cuerpo aguanta, hasta que la cirugía empieza a tirar sus primeros síntomas. Recuerdo que en mi caso, fue luego de una noche de comer pizza (quizás un poco más de sal que la normal para mi) me fui a dormir y tenía palpitaciones feroces, sentía que se me salía el corazón por la boca. Descansé como pude y al día siguiente, fui a trabajar como si nada. Seguía con palpitaciones y aparte mi ritmo cardíaco estaba arriba de 160 pulsaciones sin bajar. Fui a la guardia del Sanatorio Mitre, en Capital Federal, Argentina. Me atendió un cardiólogo que gracias la cielo entendía a la perfección qué me sucedía y me dijo
Diego, tenés una arritmia. Ya hablamos con tu cardiólogo, el Dr. Berri y ya confirmamos qué es lo que tenemos que hacer. Hay que hacer una cardioversión.
La cardioversión es cuando te anestesian, te ponen dos planchas en el pecho, y te aplican un choque eléctrico de 50 Jules. El choque eléctrico hace que el ritmo cardíaco se restablezca.
La gracia es, que la arritmia, hay que revertirla antes de las 48 horas que se genera, porque sino, se puede formar un coágulo y a la hora de hacer la cardioversión, el coágulo puede llegar a alocarse en el cerebro y ahí ya no la contás.
Me realizaron la cardioversión, tenía el pecho marcado a modo de quemazón de las planchas que me aplicaron 50 Jules para recuperarme pero salí caminando de ahí. Primer gran susto. Nunca vi a mis padres tan asustados — es que obviamente no me acuerdo de los momentos previos a mí operación, que seguramente ahí estuvieron aterrados.
Luego de consultar con el Dr. Berri, quien fue mi cardiólogo por una enormidad de años, y quien me diagnosticó a mis 6 días de nacido — y a quien sin lugar a dudas, le debo la vida — me empezó a comentar que las arritmias, eran consecuencia de la operación, estaban viendo otros casos como el mío en pacientes en donde habían pasado alrededor de 18–20 años de la operación y se manifestaban esas distorsiones del ritmo cardíaco debido a las fuertes presiones que se ejercían en el corazón. El primer punto para remediarlo era empezar a consumir un antiarrítmico con el propósito de aminorar la gestación de arritmias.
La droga Amiodarona, que es la antiarrítmica, tiene a su vez, efectos secundarios a largo plazo, es decir, te cura las arritmias, pero te rompe, la vista, el hígado y la tiroides. Con lo cual, a medida que pasan los años, se van agregando más y más controles para que la Amiodarona, que te mantiene estable cardíacamente, no te rompa el resto del cuerpo que obviamente también necesitás.
Los episodios se repiten
Hasta que el antiarrítmico entra en acción, se encuentra la dosis y el cuerpo entiende qué tiene que hacer; se producen nuevos episodios de arritmia. El que más recuerdo, es uno que me empecé a sentir mal y de inmediato, me tomé un taxi que me deja nuevamente en el Sanatorio Mitre, donde la vez pasada me había ido bien.
En este caso, me atendieron en la guardia y la persona que me atendió carecía por completo el conocimiento sobre lo que me sucedía, me mencionó que tome antiarrítmico, y me mandó a mi casa sin reducir la arritmia.
Llegué a mi casa, me seguía sintiendo mal y terminé llamando al Dr. Berri. Conseguí ir a verlo, pero entre una cosa y otra, ya habían pasado las 48 horas necesarias para revertirla vía cardioversión. El Dr. confirma que sigo con la arritmia y que hay que tratarla. Para eso, el tratamiento es, un mes de anticoagulante, para poder luego efectuar la cardioversión sin correr el riesgo de que un coágulo te rompa la cabeza. Un mes. Porque la persona que me atendió, no tenía ni idea.
Me medicaron para bajarme las pulsaciones, porque no se puede vivir a 165 pulsaciones por minuto, es extenuante y la calidad de vida disminuye varios escalones. Uno no siente luego las pulsaciones en un alto rango, pero sentís que el corazón no está bien y no está actuando acorde. De hecho me pasaba, que subía una escalera de pocos pisos y volvía a la sensación que el corazón se me salía por la boca.
Ese mes, en donde estuve con la medicación y el proceso anticoagulatorio para poder efectuar la cardioversión, fue uno de los meses más miserables de mi vida. En el momento que hice la cardioversión, me desperté de la anestesia y me sentía bien de nuevo, fui feliz.
Por otro lado, había aprendido varias experiencias de vida, por empezar, lo valioso que son las primeras 48 horas de una arritmia, y segundo, no depender de la suerte del médico de guardia, hay que ir a un centro especializado. A partir de ese momento, el Dr. Berri me indicó que vaya al Centro Cardiovascular Argentino, sito en Blanco Encalada y Libertador, nuevamente, Capital Federal.
Uno es el propio enemigo
Crecer, tener trabajo y tener acceso a diferentes cosas hace que cuidarse sea cada vez más difícil. Una de las cosas que empezó a aparecer en mi vida, lentamente y nunca a nivel traumático, fue el alcohol. Hay tres momentos en los últimos 25 años en donde tuve momentos de incremento de consumo que los tengo bien diferenciados. Uno de ellos, fue cuando me mudé a vivir solo, ya para ese entonces estaba bastante grandecito y ya tenía mis medios para acceder a bebida de la buena. Era pleno momento de la convertibilidad en Argentina, con lo cual, uno andaba en la calle con “dólares”. En ese momento empecé con el Fernet y el Whisky, siempre de manera medida, pero era algo nuevo para mi organismo. Eso repercutió en ganar peso. La sumatoria de peso más alcohol no es buena ni siquiera para un cuerpo sano y, menos aún, para uno con limitaciones cardíacas.
Recuerdo que me había ido de vacaciones a Australia y a Nueva Zelanda con mi amigo Antuan en el 2002 y fueron alrededor de 26 días en donde no recuerdo haber tomado agua. Fue cerveza y otros elixires que conseguíamos con los participantes de los hostels en donde estábamos. A mi vuelta, me miré al espejo y dije que no podía seguir siendo esa persona. Tenía que hacer algo por mí.
En ese momento, empecé un proceso para estar fit en donde conseguí estar mejor que nunca en lo que van de mis 45 años. En ese momento tenía tiempo, mi trabajo no me demandaba mucho, tenía un buen grupo para entrenar y tenía varios amigos que estaban en la misma que yo, de querer simplemente estar un poco mejor. Me anoté en un gimnasio cerca de casa en donde tuve un año y monedas de entrenamiento y fue un momento maravilloso.
Mi primer objetivo era bajar de peso, estaba algunos kilos arriba y la verdad, no tenía sentido estar tan mal. Recuerdo cuando llegué, que me dieron mis primeras instrucciones de lo que era la actividad física dentro de un gimnasio, terreno para mí totalmente desconocido. Fue entonces cuando me presentaron formalmente las cintas para caminar / correr. Primero debía caminar, como para ir acostumbrando al cuerpo que de actividad física no sabía nada desde hacía al menos 15 años.
Empecé a caminar, empecé a cuidarme con el alcohol, empecé a comer mejor, y aparte, era joven, con lo cual, los resultados no tardaron en aparecer: bajé varios kilos, estaba muy en forma, mejoré mi masa muscular y corría.
Corría a diario en la cinta, a veces 5 kilómetros y a veces llegaba hasta a 8 kilómetros. Por otro lado, habíamos marcado un día con un amigo, para ir a correr alrededor de un parque. En ese momento, el running estaba lejos de ser el furor que es hoy en día cuando escribo esto, pero ya me gustaba. No corríamos grandes distancias y esto es mucho antes que existan aplicaciones para controlar absolutamente todo, sino que era algo así como: el parque tiene 1500 metros, vamos a correr 6 vueltas, aproximadamente tardamos 1 hora y monedas.
La velocidad jamás fue mi aliada en el running por cuestiones obvias, cuanto más rápido corrés, más forzás el corazón, más chances de desajuste tenés. Todo lo que era aeróbico, siempre me sentí cómodo, podía manejar el ritmo y luego había momentos luego de cambiar el aire que ya podía empujar un poco más la maquinaria.
El hecho de estar yendo al gimnasio y hacer mucho ejercicio de piernas hacía que salir a correr sea poco estresante y también placentero. Nunca terminé de entender por qué dejé de correr, tampoco supe por qué empecé. Fue algo en el aire que se daba así y lo hacía. No tener demasiada conciencia sobre los buenos efectos del running creo que hiciera que le sacara dedicación y/o atención.
Durante todo este año y más meses de entrenamiento súper duro, de adelgazamiento y puesta a punto, tuvo algo en donde mi disciplina fue ejemplar y fue con el alcohol. Durante más de 8 meses no tomé alcohol y los efectos fueron geniales. Toda esta reflexión, la puedo hacer luego de muchos años más y experiencia de haber vivido cambios en mi cuerpo y de haber experimentado también mucho. En ese momento era demasiado inocente para entender que, por ejemplo, si estaba yendo a bailar y tomaba una medida de vodka, totalmente innecesaria, en realidad estaba atentando contra mí. Suena un poco dramático pero la realidad es que la operación y la medicación ya afectaban mucho al hígado como para que, inconscientemente, le diera más trabajo al cuerpo por el consumo de alcohol.
Este período se acabó en el momento en que yo recibo una oportunidad para irme a trabajar a Inglaterra. Oportunidad que tomé y estoy agradecido de haberla tomado. Fueron momentos de cambios en mi vida, se dio la situación así, y me fui, sin dejar mucho rastro.
La vida social en Inglaterra es alrededor del alcohol. No pasa por la comida como en las comunas latinas, sino todo es encontrarse en un pub, pedir cerveza de a pintas e ir charlando quizás con algún snack de por medio hasta que sea tarde y volver a tu casa a los tumbos.
La llegada a Inglaterra, sin lugar a dudas es el segundo punto que reconozco en donde el alcohol me jugó una mala pasada. Estuve un año y engordé no sé cuantos kilos por comer pésimo, beber a diario y no hacer un mínimo de actividad física.
Sólo para poner parámetros a lo que se bebía en esos momentos. Tuve la suerte de pasar una fiesta de St. Patrick ahí, en donde salimos de la oficina y nos dedicamos a hacer un “Pub Crawling” o sea ir de Pub en Pub bebiendo cerveza irlandesa en este caso. La marca ese día iba en 6 pintas de Guinness hasta que algún demente del grupo, se le ocurrió pedir shots de tequila. Fueron 4. Innecesario por completo, pero el entorno te lleva.
Volví de Inglaterra al año y seguí sin actividad física, ya en pareja con Valeria, quien es hoy mi esposa y con ganas de tener una buena vida social.
Volvió a aparecer el Running
Pasaron varios años en donde lo único que llegué a hacer fue jugar al Paddle durante cierto tiempo. Habíamos organizado un grupo llamado Cuatro Paletas en donde nos juntábamos los Martes en unas canchas por el barrio para jugar un poco. Todos éramos de poca monta en esa actividad, pero al menos corríamos un poco y nos movíamos. También era excusa para juntarse con amigos y verse en un entorno que no sea el laboral, ya que de esos abundaban.
Duró algunos meses, hasta que me mudé de barrio y la continuidad de la organización mermó fuertemente. Ya no estábamos ni en el mismo barrio ni las intenciones de movernos de una punta de la ciudad a la otra.
En mi nuevo barrio, estaba cerca de un parque bastante grande, de forma ovalada y había mucha gente corriendo alrededor. Un circuito de un poco más de un kilómetro, plano, iluminado y con varias personas haciendo deporte, lo cual generaba cierta motivación.
Sumado a todo esto, mi esposa trabajaba en frente de ese parque, con lo cual, cada vez que la iba a buscar, veía gente correr sola o en grupos y la pregunta que siempre me hacía era — ¿y por qué no?
No estaba bien físicamente y sabía que en un principio iba a ser a una velocidad extremadamente baja y sin mencionar que debía caminar primero. Entonces, intenté armarme de conducta y empecé a ir al parque a dar alguna que otra vuelta. Busqué los horarios y a ganar regularidad, de tal manera que cuando empecé a correr me sentía muy bien.
El circuito — al ser ovalado — hacía que uno no se vaya muchos kilómetros lejos de donde arranque — por cualquier eventualidad que le pueda pasar — con lo que se me hacía atractivo. Empecé a correr y a correr hasta que me acuerdo que un día, llegué a correr mis primeros 10k. Fue un momento inolvidable porque jamás pensé que iba a poder lograrlo. Acompañado de estas primeras corridas en donde marqué buenas distancias, había empezado a usar las aplicaciones que son de seguimiento de las salidas, en donde te marcan distancia, velocidad y otro montón de información que te sirve para pensar en mejorar. Mi elección fue *Runkeeper*, elección que hice aproximadamente 5 años atrás y que todavía mantengo.
Me levantaba en invierno muy temprano, manejaba hasta el parque, todavía de noche, hacía mi corrida y luego volvía como para empezar mi día laboral. Siempre me sirvió más correr a la mañana que a la tarde. A la tarde ya llegaba con la cabeza explotada, cansado en todos los niveles y solamente quería estar en mi casa. En la mañana, era mi momento para salir, pensar, olvidarme del teléfono y de las preocupaciones y concentrarme en correr.
Lo bueno era que la gente era siempre la misma a las mañanas con lo cual ya nos saludábamos e inclusive nos dábamos aliento para seguir corriendo sin aflojar. Luego de algunos meses, surgió la oportunidad de anotarme en una carrera. Algo impensado en muchos momentos pero la verdad es que ya venía corriendo 10k en reiteradas ocasiones y había hecho algunos fondos de 12k, con lo cual, me anoté en la carrera Unicef de Buenos Aires de 10k. Mi primera carrera de 10k.
Una experiencia totalmente distinta ya que fuera que una vez, hacía muchos años había corrido una de 5k, mi momento era completamente distinto sin mencionar que la distancia es decididamente otra. Entrenar para una 5k es una cosa, entrenar para 10k es otra y cada distancia tiene su entrenamiento diferenciado que la hace única.
Llegó el día de la carrera, mis nervios estaban a flor de piel porque consistía en algo totalmente distinto y porque, obviamente, estaba pendiente de cómo iba a funcionar mi corazón en una carrera. Mi familia estaba pendiente sin estar 100% de acuerdo que yo haga estas locuras, pero no dejaron de apoyarme, porque en definitiva era lo que yo quería hacer.
Recuerdo que estaba — como siempre en las carreras de Unicef — Julian Weich como animador y fue quien nos hizo la entrada en calor, unos 30 minutos de ejercicios en donde sirvieron para no salir a correr a lo desesperado y morir en el segundo kilómetro.
Me sentí bien en toda la carrera y sentí mucha emoción por poder correrla, siempre corriendo con música y estimulándome en cada kilómetro con alguna canción llena de distorsión de guitarra. Recuerdo que pasando el kilómetro 7, me sentía muy bien y veía que otras personas decaían o empezaban a caminar, así que aceleré el paso y los últimos dos kilómetros los hice a un paso más rápido del que yo estaba acostumbrado. Llegué sin problemas con un tiempo de 1:13 hs. Tiempo que tardé muchos meses en poder mejorar.
Pasar por la línea de llegada fue la gloria, me sentí feliz, me sentí sano y me sentí realizado por haber logrado algo que no estaba en los planes de nadie. Obviamente cuando terminé la carrera me agarró el síndrome de querer correr todo lo que estaba organizado cerca de mi casa, pero esa iba a ser la última carrera que correría en Buenos Aires.
A los dos meses, nació mi segunda hija, Julieta y eso me desmoronó los horarios, el sueño, la comida y mi vitalidad para entrenar. Dejé de correr, dejé la actividad física y me dediqué a la paternidad y al trabajo nuevamente.
Más cambios
Luego el nacimiento de Julieta me ofrecen la oportunidad de re-alocarme en San Francisco, California, US. Después de infinitas charlas con Vale, tomamos la decisión de venirnos. Una de las decisiones más difíciles que hemos tomado, pero de la cual no me arrepiento en absoluto.
Hay un vuelco inesperado acá y es que antes de mudarme, obviamente tenía que tener en claro cómo iba a ser mi cobertura médica en el nuevo país. Para eso, fui a visitar al Doctor Kreutzer, mi cirujano, para que me recomendara alguna institución o médico que pudiera ayudarme en mi día a día.
Fue un reencuentro emotivo, porque tanto el Doctor Kreutzer como su ayudante, el Doctor Lauría, me veían luego de casi 40 años. Yo era el caso de éxito de la operación de ellos y la verdad, mucho éxito, dado que hacía vida normal, saludable y sin molestias, fuera de los síntomas que cada tanto tenía. Mucha emoción y charla va y charla viene, yo agrandado les cuento que estaba corriendo y que a veces corría 10k. Se horrorizaron, me dijeron que por favor no corra, básicamente que si corría me iba a morir.
Motivacional a fondo el mensaje pero me destrozó. Luego de esa visita, dejé de hacer ejercicio por completo y no sólo eso, sino con el stress de la mudanza y la llegada al nuevo país, volví a comer muy mal y a beber pésimo y en cantidad. Todo el esfuerzo que en su momento había hecho, a la basura de nuevo, y aparte, con la cabeza totalmente desmotivada por no tener la terapia del running que, además de lo que me mejoró físicamente, me mejoró mentalmente de manera única.
Llegué a USA y empecé con la campaña de conseguir un nuevo cardiólogo, referido obviamente por el Doctor Kreutzer. Lo encontré, fui y empecé un nuevo tratamiento con el Doctor Lui.
Nuevo País, Nuevo Doctor, Nueva Vida.
Mi relación con el Doctor Lui, es sencillamente increíble, estoy agradecido de haberme topado con él (gracias al Doctor Kreutzer, obviamente) debido a que he hecho un ¿último? cambio de estilo de vida que me ha dejado en una muy buena posición.
Doctor Lui me hizo un millón de estudios, de arriba a abajo y estudios los cuales _jamás_ me habían hecho en Argentina. Tomó parámetros de todos lados y vi tecnología de punta aplicada a mi salud.
Luego de unos estudios que no salieron como esperaban, se sentó en una silla, me miró fijo, tomó una pausa, recuperó el aire y me dijo: *Diego, tu estilo de vida está en contra de lo que necesitás hacer. Necesito que cambies tus hábitos.* Esto incluía, una visible bajada de peso, eliminar en gran parte la ingesta alcohólica y la novedad, empezar a hacer deporte.
Le conté al Doctor Lui, que el inventor de la cirugía que me habían hecho, me había dicho que hacer deporte era perjudicial para mí, que eso me había aniquilado la cabeza y que no sentía motivación alguna. Como siempre, los gringos tienen métricas de absolutamente todo, y me comentó que el 65% de las personas con _mi misma cardiopatía_ que hacen deporte, se sienten mejor. Entonces dictaminé, volvemos a correr.
El 25 de Abril del 2017, estaba en Las Vegas, en el evento NAB con clientes tomando una cerveza. Cuando la terminé, me di cuenta que era la última que iba a tomar. Ese día, dejé de tomar alcohol, de un día para el otro. Las primeras 2 semanas fueron difíciles, sobre todo en los momentos sociales que era dónde yo más bebía, pero me contuve. Al mismo tiempo, me empezó a pasar que mi cuerpo me pedía otro tipo de comida, no me resultaba tentador una hamburguesa o algo súper grasoso, sino que quería comer algo más magro y menos calórico.
Por consiguiente, la eliminación de la ingesta alcohólica, más empezar a comer más saludable, y aparte, empezar a caminar, hizo que mi cuerpo empezara nuevamente a cambiar y perdí al principio, fácilmente unos 15 kilos. Yo pasé de ser la persona que recomendaba a todos qué tomar, a ser el que pedía agua con gas. Socialmente fue realmente complicado el cambio inclusive adelante de los clientes, quienes llegaron a burlarse un poco dando poca garantía que yo iba a mantener esto en el tiempo.
A medida que pasaron los meses y vieron que estaba mejor, pasaron de burlarse a preguntarme qué estaba haciendo porque me veían infinitamente mejor. Y ya a lo último fui consulta recurrente de qué hacer y qué no para que ellos también se sintieran mejor.
Volviendo al running, con mis 15 kilos demás empecé a caminar y a trotar lentamente para no herir rodillas, ligamentos y aparte empezar a tener capacidad pulmonar. Al principio me costó muchísimo, hasta que un día volví a pasar la barrera de los 5k. Lento, lentísimo, pero mentalmente reparador.
En el barrio donde vivo hay un montón de trails en los cuales se puede correr ininterrumpidamente con hermosos paisajes que hacen que el panorama sea poco aburrido y refrescante. Los trails tienen suficientes kilómetros como para entrenar para cualquier tipo de carrera, con lo cual tenía asegurado recorrido para variarlo.
Luego de algunos meses con este nuevo estilo de vida, volví al médico y se sorprendió por mi mejoría, se puso contento y me felicitó porque entendí qué era lo que tenía que hacer.
Ya con el ok del médico, empiezó a ser más fácil largarse a correr, porque estás chequeado y controlado, con lo cual, mentalmente lo hace más fácil.
Empecé a correr y nuevamente llegué a la marca de 10k y empecé a hacer fondos más largos, llegando casi a 14k, que para mí no era demasiado normal. Llegó el mes de diciembre del 2017 y se corría cerca de mi casa una carrera de 10k. Era la oportunidad para anotarme y ver dónde estaba parado. Llegó el día de la carrera, con nervios obviamente pero la corrí, sufrí más que en la de Buenos Aires, pero llegué. Medalla, foto y otra prueba de superación.
Luego de correr, vuelvo al médico y le dije, ya corrí 10k, quiero correr Media Maratón. El médico se sorprendió, no la vio venir. No sólo que no la vio venir, sino que aparte, luego del primer resquemor inicial, después lo vio como algo positivo y me comentó que quería hacerme un estudio final, un Cath, para revisar la presión de las válvulas en mi corazón para ver si podía ir hasta ahí. Estuve de acuerdo, siempre, siempre, siempre, el médico te tiene que dar el ok.
El Cath es una intervención bastante invasiva, básicamente, te hacen dos perforaciones en la ingle y por ahí te introducen dos catéteres los cuales navegan por medio de tus venas hasta el corazón para poder tomar mediciones, en este caso las presiones de las válvulas. El procedimiento dura alrededor de una hora, no es con anestesia total, sino te dejan despierto adrede y tenés la sensación de que te están navegando las venas. Podría ser peor igualmente, por el beneficio de la información que da.
Dos semanas después, llegó la noticia que el Cath había dado bien y tenía el ok de mi cardiólogo para finalmente poder correr una media maratón. El verdadero desafío arrancaba. Correr porque sí, unos 10 kilómetros, fuera del esfuerzo e hidratación requerida, solamente me llevaba 1:20 hs (he bajado mucho ese tiempo a base de entrenar, entrenar y entrenar) y entendí desde mi primer momento, que mi corazón no puede soportar un pace (minutos para hacer 1 kilómetro) de 6:30 por más de 4 kilómetros, con lo cual, las estimaciones de cuánto tardaría en hacer la media maratón, me daban bastante tiempo.
Tiene mucho que ver la distancia, pero aún tiene más que ver cuánto es el tiempo que te lleva a hacer esa distancia, porque el cuerpo va quemando calorías, va perdiendo líquido y sales y hay que entrenar para reponerlas. Mi primer cálculo de cuánto me iba a llevar la primera media maratón, era de 2:45hs, a eso apuntaba, y es un montón de tiempo en el cuál uno tiene que ir consumiendo líquidos, geles, preparar comida en la semana y un sinfín de puntos que hacen que el día de la carrera estés con la energía óptima para que, en definitiva, el esfuerzo del corazón sea el menor posible. Siempre yendo a bajas pulsaciones, nunca lo pasé de 115 pulsaciones por minuto.
Otra cosa que determina mi ritmo de carrera y cuán lejos puedo correr son los primeros dos kilómetros, que si bien uno entra en calor previo a la carrera, muchas veces los sistemas de corrales o por pace tuyo te toca largar inclusive media hora o más atrás que el resto de la gente, con lo cual, en la espera, te enfriás. Básicamente mis primeros dos kilómetros, siempre terminan definiendo toda mi carrera. Si hago esos dos kilómetros a un pace de 8:10 se que puedo llegar tranquilo a los 21k, inclusive, soy de las personas que va bajando su pace hasta que inclusive en corridas de más de 16 kilómetros, los últimos los hago abajo de los 7 minutos, casi 1:45 más rápido desde el primer kilómetro al último. Es mucha variación, pero es lo que, conociendo mi cuerpo, puedo hacer y la verdad me da mucha satisfacción.
Corredores de elite como Eliud Kipchoge, el primer kilómetro lo hacen en 2:47 y por ahí el último (de una maratón) en 2:38, o sea, su pace es una animalada de rápido toda la carrera, pero casi no oscila. Solamente baja el pace en los últimos kilómetros cuando se despega de los demás. Sin llegar a la elite, conozco muchos amigos que mantienen el pace durante toda la carrera, cosa que para mí es imposible y aparte se me da naturalmente.
Ahora, había que entrenar. Pero había que entrenar en serio, entonces recurrí a mi compañero de trabajo y amigo, Martín Mutilva, quien finalizó varios IronMan, a que me asesore con los planes de entrenamiento y consejos sobre carreras largas (lo volví loco, pero loco, matándolo a preguntas).
Mi entrenamiento era simple, tenía que hacer las siguientes cosas:
- Encontrar geles que me sirvan de energía, probarlos en entrenamiento y que no me causen inconvenientes estomacales mientras corro.
- Encontrar cada cuánto tomar agua, cuánta y cómo tomarla mientras corrés sin romper el ciclo de respiración.
- Durante la semana hacer corridas más rápidas buscando volumen de kilómetros en las piernas.
- Los fines de semana, generalmente los sábados, hacer un fondo largo, de 15k en adelante y aproximadamente de dos horas.
- Dos semanas antes de la carrera, hacer un fondo de 20 kilómetros y después ya me quedaban corridas más tranquilas.
- En la última semana, poca carga, mucho carbohidrato y descanso.
- Un día antes de la carrera, hacer unos 4k para mover el cuerpo.
Si bien en todo entrenamiento para carreras hay que hacer pasadas — que sería, por ejemplo correr 200 metros lo más rápido que se pueda y luego caminar 100 metros y volver a correr otros 200 — que sin lugar a dudas es lo que mejora la velocidad, decidí no hacerlo porque era demasiado anaeróbico y eso no me hacía sentir del todo bien. Preferí seguir con aeróbico que era mi zona de confort.
El entrenamiento en sí duró un poco más de 14 semanas y la verdad es que llegué a la carrera en buen estado, mucho nerviosismo por todo lo que implicaba, pero físicamente estaba bien.
Tenía un poco de miedo con el tema de la comida, siempre comer hidratos, pero no podés vivir a base de hidratos porque después sino eso se convierte en lastre, así que aproveché a incorporar buena cantidad en los últimos dos días. Llegué a la carrera con un kilo más, pero era necesario para tener energía en todo ese periplo.
La carrera fue la Rock And Roll en Las Vegas. Se corre de noche y por todo el Strip. La verdad es impactante correr por toda esa calle, se hace muy fácil distraerse viendo todas las bandas que tocan mientras uno corre (eso es marca registrada de las carreras RnR), sin mencionar todas las luces y muchísima gente en la calle alentando y gritando cosas para darte energía.
No me resultó una carrera fácil, ya que hay mucha gente que va por el hecho de ir, sin haber entrenado, camina, se saca fotos, entorpecen mucho el camino y se hace más como experiencia que como realmente superación personal. Mi tiempo fue de 2:49 hs, un poco más de lo previsto, pero llegué, llegué por mis propios medios, sin necesidad de caminar en ningún momento y entero. Pero por sobre todas las cosas, ultra feliz de haber cumplido algo que parecía imposible hacía solamente un par de años atrás.
El momento cuando cruzo la línea de llegada, fue una sensación de haber vencido a mi inconveniente físico de nacimiento y haber encontrado una convivencia hermosa en donde yo pude hacer lo que quise sin llevar mi cuerpo al límite. Ese instante de llegar, es algo que no me voy a olvidar jamás y entiendo que sin disciplina y sin voluntad, no lo podría haber logrado.
Es injusto no mencionar a mi familia que me bancan en esta locura infinita de salir a entrenar a las 5 am para poder correr una carrera que solamente confirma que puedo seguir conviviendo en paz con mi condición cardíaca. Vale, Connie y Juli son mi soporte para poder continuar con esta voluntad y disciplina que, en definitiva, me llevan a un mejor estado físico y poder disfrutar más tiempo con ellas.
Hay muchas historias de por qué cada uno empieza a correr y no importa cuál sea, todas son válidas, genuinas y únicas. No conozco persona que haya empezado a correr y que su vida haya empeorado, todo lo contrario, todas las historias que escuché fueron de victorias personales.
Al que no tiene ningún problema, y jamás se calzó un par de zapatillas y salió a la ruta a correr, no sabe lo que se pierde.